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Pensamiento Japonés

Desde tiempos ancestrales, la mentalidad japonesa se ha visto orientada a poner en práctica los asuntos relacionados con la utilidad del conocimiento en todos los aspectos de la vida, dónde la interpretación directa del mismo se logra a través del arte. Siendo este último, lo que mueve al individuo en su conjunto. De este modo, el pensamiento japonés se puede entender desde la perspectiva de una forma de sabiduría que sobrepasa a la simple existencia, precediendo al desarrollo nutrido de la vida del individuo. Esto se refleja tanto en la práctica diaria de las costumbres tradicionales japonesas como en su absorción social.

Una de las características que más destaca de su forma cultural es, en efecto, su capacidad de adaptación a otras formas de pensamiento y sin dejar de lado los principios escenciales que mueven al espíritu nipón, de tal modo -y suele darse por regla general- que tiende a adoptar el conocimiento que le llega, perfeccionándolo en el camino, depurando los conceptos y simflificando ideas.

Es, en toda regla, una cultura basada en la simplicidad práctica, pero laboriosa, esmerada. Esto, en ningún modo afecta negativamente su arte, y, muy por el contrario, es un elemento que lo enriquece enormemente. Para el japonés lo sencillo no está excento de detalles y los detalles no están exentos de una solemne sencillez, y esto vale tanto para sus formas como para su noción de cómo deben ser las cosas. En este aspecto el arte se destaca por su estética, dónde la asimetría y el equilibrio pueden llegar a ser factores tan complementarios como en la cultura china lo son el yin y el yang.

Es la aplicación práctica del estudio de las cosas y la comprensión del individuo frente a la naturaleza y al universo, lo que hace que el pensamiento japonés aune formas aparentemente antagónicas, componiendo un nuevo saber que desemboca en la perfección instruccional de sus tiempos y medidas, logrando con ello una mentalidad elegantemente disciplinada, capaz de entender lo nuevo sin temer a lo desconocido.

La cultura Samurai supo perfeccionar este auténtico "arte mental" hasta el punto de entregar, tanto glorioso su vida en batalla, como sencilla su entrega a una causa. El Samurai despreció la muerte hasta despojarla de su molesto significado, ya que para él no era otra cosa más que otra etapa de la vida: el Samurai no moría para morir, moría para vivir.

Si bien, la era del Samurai ha quedado atrás, el legado del arte mental continúa hoy, adaptado a una vida más terrenal, pero no por ello exenta de una contemplación especial: es el arte el que le da auténtico sentido a la vida, permitiéndo al pensamiento y al individuo, disciplinar su existencia, mientras expresa lo mejor de sí en armonía con la naturaleza del universo y con los demás.

La cultura japonesa está basada en la simplicidad práctica, pero laboriosa, esmerada. Esto, en ningún modo afecta negativamente su arte, y, muy por el contrario, es un elemento que lo enriquece enormemente.

El pensamiento japonés también se encuentra dominado por el ingenio de servir a otros en todo momento. Una vieja historia cuenta que un japonés se vio impedido de continuar su camino, al encontrase en un sendero, con que una roca de gran tamaño le bloqueaba el paso. Se dice que haciendo uso de todas sus fuerzas logró desplazar la enorme piedra a un lado del sendero, pero antes de pasar él primero, dió paso franco a un desconocido viajero que seguía el mismo rumbo.

El arte del pensamiento japonés prioriza la tradición por medio de las cosas simples de la vida, por medio de la armonía de la naturaleza, y la propia historia, engalonada de una misteriosa y mística belleza. A través de la tradición, Japón retorna a sus fuentes, pero nunca recorre el mismo camino de regreso. Un viejo proverbio japonés dice: "la nieve no rompe las ramas del sauce".

 

Arte consciente

Cuando el pensamiento se hace consciencia, ésta se vuelve arte. Pero el arte tiene en sí su propia consciencia, y cuando el arte alcanza su estado consciente, éste se vuelve espíritu. Es el espíritu el que mueve al guerrero de la misma forma que el viento se mueve a si mismo, porque el espíritu evoca por sí sólo los ideales más profundos y sinceros del propio corazón humano.

Por tanto pensamiento, consciencia, arte y espíritu son uno: la ley natural que rige la vida del hombre más allá de las propias concepciones.

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